Sandra Camps

A mi calle le falta color

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Hace unas semanas que ya no está María sentada en su tacatá o en su silla en el extremo de mi calle peatonal con sus labios pintados de rojo, los ojos bien maquillados, sus pendientes y su sonrisa. Esos ojos picarones que tenía y que todo lo veía. Era la guardiana de la calle, especialmente, cuando salía el sol.

Como yo, muchos vecinos, se paraban a saludarla o a charlar un rato con ella de la vida, de los vecinos, del tiempo. Yo la entrevisté incluso porque tiene a un hijo al que no le ha dado tiempo conocer, se lo robaron al nacer. Era su sueño, darle un abrazo, por lo menos, y decirle que ella siempre le quiso y que cuando se dio cuenta no dejó de buscarlo con la ayuda de sus hijas que siguen en ello. Porque a ella no le ha dado tiempo.

María era una mujer entrañable, siempre acompañada y arropada por sus hijas desde que su marido falleció no hace tanto. Me contó cómo era su vida de niña, cómo vivía con los animales, cómo fue su vida de casada y cómo veía pasar la vida desde nuestra calle. Una calle que sufre su ausencia porque ya no es la misma. Yo la conocí con la sonrisa y los labios pintados de María. Ahora , a mi calle le falta color.